Compré una villa en Filipinas. Todavía no sé cómo termina esta historia.
Todo empezó en un curso de marketing que no me gustó demasiado.
Sin embargo, hubo una conversación que se me quedó dentro. Mi profesor nos hablaba de lo que se podía vender por internet, incluso viviendas. Entonces contó que participaba como inversor en un proyecto en Filipinas: un resort en Naga, con unas cuatrocientas villas previstas.
En aquel momento, casi todo estaba sobre el papel.
Yo había salido pocas veces de España. No tenía una red de contactos internacionales ni experiencia comprando fuera. Pero llevaba una idea en la cabeza: me gustaría tener algo en otro país.
Aquello me pareció una posibilidad de hacerlo.
Lo que estaba comprando en mi cabeza
Me interesaba la rentabilidad que pudiera obtener. También quería repartir lo que tenía entre más de un país.
Pero había otra parte, mucho más personal.
Me imaginaba pasando una temporada allí. Ir en verano, quizá disfrutar de tres meses en un lugar que sintiera mío. Para alguien que había viajado poco fuera de su país, esa imagen tenía una fuerza enorme.
No estaba pensando únicamente en una vivienda. Estaba imaginando una forma de vivir que hasta entonces me parecía lejana.
Y creo que conviene reconocerlo, porque a veces explicamos nuestras decisiones con argumentos muy ordenados cuando, por dentro, también nos está moviendo una ilusión.
Mis amigos se reían
Cuando lo contaba, algunos amigos se reían.
Iba a comprar una villa en otro continente, en un sitio que ni siquiera había visitado.
Dicho así, entiendo que les pareciera una locura.
Investigué quién estaba detrás del proyecto. Mi profesor participaba como inversor y lo impulsaban dos españoles, uno de ellos con nacionalidad filipina. La propuesta incluía una participación en la estructura del proyecto.
Eso me dio cierta confianza. Pero no voy a presentar aquella comprobación como una investigación exhaustiva. No viajé hasta allí antes de comprar y había muchas cosas que no conocía.
Tenía miedo. Mucho.
La cuenta que hice
Mi razonamiento era aproximadamente este:
Por una cantidad comparable a lo que cuesta un vehículo, podía abrir una posibilidad que quizá cambiara mi vida. Si salía mal, tendría que seguir trabajando.
Así lo veía entonces.
Eso no significa que perder el dinero me hubiera dado igual. Significa que esa era la forma en que intentaba poner el riesgo en perspectiva.
Hoy, al contarlo, no sé cuánto había de decisión meditada y cuánto de ganas de que saliera bien. Probablemente convivían las dos cosas.
Me gustaría poder ofrecer una explicación impecable: que estudié cada detalle, resolví todas las dudas y compré cuando los números encajaron.
Pero no fue así.
Comprobé algunas cosas. Otras las asumí con incertidumbre. Y también hubo una parte de cerrar los ojos y confiar.
Todavía no tengo las llaves
Esta historia sigue abierta.
Según la información que tengo, ya se han entregado villas de la primera fase. La mía pertenece a la segunda y todavía no me han dado las llaves.
Queda recorrido.
Por eso no puedo escribir que fue la mejor decisión de mi vida. Tampoco puedo señalar las risas de mis amigos y decir: «¿Veis cómo tenía razón?».
Todavía hay una distancia entre lo que imaginé, lo que está avanzando y lo que finalmente podré vivir allí.
Actuar también exige mirar cómo decidimos
Al contar esta experiencia, me interesa detenerme en esa mezcla de deseo, miedo e información incompleta.
Esperar a tener certeza absoluta puede dejarnos quietos. Pero sentir mucha ilusión tampoco responde a las preguntas difíciles.
Que una oportunidad parezca la única que conocemos no significa que sea la única que existe. En mi caso, tener pocos contactos y poca experiencia fuera de España hizo que aquella propuesta destacara mucho más.
También me parece importante separar dos cosas: cómo termine una decisión y cómo la tomamos.
Si sale bien, seguirán existiendo las preguntas que dejé sin responder. Si sale mal, tendré que mirar qué pude haber comprobado mejor y qué estaba fuera de mi alcance.
El resultado importa. Lo que puedo aprender de mi manera de decidir también.
Una pregunta antes de dar el salto
Quizá tú también tienes delante una posibilidad que te ilusiona y que otras personas no entienden.
Antes de convertir sus dudas en un obstáculo, o tu entusiasmo en una respuesta, prueba a escribir:
- Qué deseo que ocurra.
- Qué sé y qué estoy dando por supuesto.
- Qué consecuencias tendría equivocarme.
- Qué podría comprobar antes de comprometerme más.
Son preguntas que merece la pena hacerse incluso cuando ya hemos empezado.
Yo sigo esperando las llaves de una villa en Filipinas. Y sigo imaginando cómo sería pasar allí una temporada.
Las dos cosas forman parte de esta historia: la ilusión sigue viva y el desenlace sigue pendiente.
Por ahora, eso es lo que puedo contar con honestidad.
No escribo desde la cima. Escribo desde el camino.
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